
Eras silicio. Silicio, metal y cables. Eras un ente tecnicamente perfecto: Bujías, Switches, nanopods, cables de mil colores que te habían convertido en todo lo inalcanzable, todo lo virtualmente inaccesible para el común ser humano.
Eras la musa insuperable de todos nuestros sueños de tecnología irracional, de todas las pesadillas de ciencia-ficción que algunos se atrevieron a soñar.
Cada vez había más como tú. No tan perfectos, claro, pero más como tú. Ser como tú implicaba mucho esfuerzo y mucho dinero. Mucha locura tecnológica.
El mundo había cambiado, es obvio. Tan rápido que algunos no llegamos siquiera a darnos cuenta, pero bueno, muchos de nosotros no vivimos demasiado conectados al mundo. Aunque "vivir conectado" tenga ahora un significado totalmente diferente.
Primero comenzaron con las células madre. Un gran avance, sí, poder curar todas esas enfermedades genéticas tan chungas. A la Iglesia no le gustó, pero es que a la Iglesia no le gustaba nada. De todas formas hace años que bombardearon el Vaticano, así que poco importa ya. Con el tiempo a alguien se le ocurrió que esas células podrían ayudar a los lesionados medulares a andar. Ja-ja, dijimos todos; Pasarán, ¿Cuánto? 15 o 20 años antes de que veamos algo parecido. Pero dos años más tarde los sujetos experimentales del primer ensayo comenzaron a andar.
Un nuevo mundo de posibilidades.
Luego llegó el silicio, la bio-aleación, o como mierda quieras llamarlo. Una fusión total entre carne y metal, entre mente y máquina. Al principio fueron miembros de metal para personas mutiladas. Podían abrir y cerrar sus manos muertas, sentir el calor y el frío, la cantidad de presión que ejercían. Luego el metal se fue extendiendo por nuestros cuerpos: Corazones, estómagos, pulmones, todo lo que éramos se hizo metal.
Tú eras el último eslabón de la cadena: Tu cuerpo era totalmente biosílico, lo único que conservabas era un cerebro parcheado de chips, conectado a una columna vertebral ficticia. Ni máquina, ni humana. Totalmente nada.
Eráis tecnicamente cyborgs, pero debido al sentido peyorativo que las novelas de ciencia-ficción del siglo XX le habían dado, pasastéis a llamaros "completos". Eso me hacía a mi "incompleta", imagino, pero vosotros preferíais llamarnos "no-válidos". Verás, vosotros podíais hacer cosas inimaginables para el cuerpo humano: aguantar balazos y heridas mortales de necesidad (a no ser que os tocaran la cabeza), saltar más alto, pasar días sin comer, conectaros virtualmente a la Red a través de vuestros cyber-cerebros, aprender cualquier cosa solo con bajároslo de internet directamente a vuestro córtex, etc. Eráis el futuro, pero yo no quería un futuro así. Llámame anticuada, pero yo prefería sentir piel y carne. Células vibrando, hormonas, sentimiento y rabia. Porque eso era otra cosa, no sentíais. No me refiero al frío, al dolor o a la lluvia. Eso sí, eso podíais hacerlo a no ser que desconectaráis los receptores cerebrales nerviosos. No, me refiero a que no sentíais nada. Ni amor, ni alegría, ni cariño,ni pena, ni la Gracia de Dios. Solo miedo y odio. Parece odiar es tan intrínseco a nosotros mismos que ni dejando de ser humanos podemos evitarlo.
Pero yo te amaba. Estaba en un nuevo estadio, una nueva evolución de los amores imposibles. No es que no me quisieras, no, es que nunca lo harías. No puedes. Dudo que con ese cuerpo sintieras nada, tal vez ni siquieras te sentías ya mujer. Pero yo te amaba. Lo había hecho siempre, sabes, antes del accidente y todo eso. Cuando aún eras carne y sangre y piel y fuego. Y lo seguía haciendo, ahora que eras metal frío.
Ya casi ni te reconocía cuando te veía. Tenías más de 30 años, es obvio, eras un poco mayor que yo; pero tu cuerpo no aparentaba más de 22. Tampoco tenías la misma cara, ni siquiera los mismos rasgos. Habías elegido tu cuerpo a la carta, y no te molestabas demasiado en mover los músculos de tu cara para crear facciones conocidas.
Ese día me citaste en una cafetería del centro. Estaría cerca de tu trabajo, pero a mi ese sitio no me gustaba porque, joder, el centro se había puesto un poco chungo después de que quebrase el Imperio Americano y la vieja Europa. La verdad, todo se había puesto muy chungo en estos tiempos.
Te sentaste frente a mi con esa cara perfecta y fría. Ni amor, ni calor ni odio. Solo bio-escultura. Empezaste diciendo que tenía que dejarlo, que olvidarte, que 15 años eran más que suficiente. Que jamás ibas a amarme, de ninguna forma. Que era técnicamente imposible. Si me hubiesen preguntado, hubiera dicho que tal vez sentías pena por mi. Un resquicio de cuando aún eras... Pero en fin, tú no podías sentir pena, ¿No?.
Mis sentidos humanos no me permitieron percatarme de la presencia de ese hombre, ni darme cuenta de que su abdómen era absolutamente desproporcionado con respecto a su cuerpo. Mis sentidos primitivos tampoco me permitieron oler la nitroglicerina ni la metralla, ni ver su dedo apretando el botón.Pero si me permitieron sentirte abrazarme.
Saltaste sobre mí y abrazaste con fuerza mi rostro contra tu pecho. Mientras todo caía a nuestro alrededor, esos 15 segundos fueron para mi mil años de vida, de nosotras, de todo lo bueno y todo lo grande y todo lo que merece la pena de este mundo. Todo lo que había estado buscando.
Me desperté cuando los paramédicos empezaron a serrar tus brazos para poder retirar el cuerpo inerte que habías dejado sobre mi. Me habías abrazado con tal fuerza que al morir te quedaste en la misma posición, como en una caricia eterna entre metal y alma. Estabas muerta, destrozada. Tu cerebro era irrecuperable, como los de todos aquellos que estaban junto a nosotras en el bar. Solo quedaba yo, gracias a tu metal y a tu muerte.
La policía dijo que la onda expansiva te hizo caer sobre mi, que el abrazo fue un "estertor fortuito" producido por un error informático en tus músculos. No había nada, nada podría llevar a pensar que fue un abrazo premeditado.
Al fin y al cabo, abrazar implica querer. Y tú no podías, ¿No?.